Los gatos negros siempre han sido objeto de superstición o adoración: fueron los guardianes de las puertas del infierno en el Antiguo Egipto, los cazadores de ratones durante la Peste Negra, la inspiración de Edgar Allan Poe en sus cuentos e incluso caricaturescas figuras que corrían por las campiñas europeas usando botas o se arrellanaban en sus cojines y para comer pasta y lasaña.
Pero el que ví hoy no era Garfield, ni el gato con botas. Estaba en un increíble avanzado estado de putrefacción, cuando dos trabajadores despegaron sus restos de los tejados de la Universidad y los arrojaron al piso, justo a mis pies. Ya dije que no creo en agüeros, y no voy a contradecirme, así que solo pienso reseñarlo como un hecho más de la cotidianidad universitaria, entre tazas de café, clases, tareas, trabajos en grupo, risas en la cafetería, palomas en la plazoleta, ahhh y gatos muertos en los tejados.
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